Rojava bajo asedio. El riesgo de un genocidio kurdo en Siria

enero 22, 2026



Foto: "Rojava Resiste" de BingOne )Flickr)
Licencia:CC BY-NC-SA 2.0.


Por: Juan Carlos Castillo Quiñones*

El asalto a los barrios kurdos de Alepo este 6 de enero fue el preludio de una movilización masiva en contra de los kurdos en Siria, que culminó en una guerra declarada entre el gobierno interino y las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS). Las negociaciones fracasaron el 19 de enero luego de que los kurdos rechazaran un plan de cese al fuego que, en los hechos, significaba la rendición de su proyecto autónomo en Rojava. Durante los últimos 14 años, los kurdos han estado construyendo un autogobierno democrático en el norte de Siria, que es un ejemplo de administración descentralizada en la región.

Desde marzo de 2025, las autoridades de Rojava estuvieron negociando con el gobierno transicional un plan de integración que garantizara sus derechos políticos. El reciente plan de cese al fuego deja a los kurdos con una autonomía administrativa meramente nominal en la provincia de Hasaka y Kobani; todas sus instituciones civiles quedarían integradas en la estructura estatal, incluyendo las fuerzas de autodefensa que serían absorbidas de forma individual por el ejército sirio. En suma, una capitulación sin garantía alguna de protección. Tras rechazar esta rendición, los kurdos enfrentan ahora una amenaza existencial y el riesgo de un genocidio. El colapso de Rojava marcaría la consolidación de un gobierno centralizado en Damasco y la re-instalación de un proyecto etnocéntrico en Siria, pero recubierto de un discurso islamista y tutelado desde Turquía en el norte, e Israel en el sur.

Mucho se ha elaborado hasta ahora acerca de los factores que explican el posible colapso de Rojava: la dependencia frente a Estados Unidos, un acuerdo reciente de seguridad entre Israel y Siria, deserciones en masa de las tribus árabes, entre otros. Sin embargo, poco se ha discutido sobre las coordenadas ideológicas que definen la política actual en el llamado Medio Oriente, las cuales dejan poco margen para la existencia de un proyecto alternativo plural y libertario. El discurso de las elites dominantes en la región parece oscilar entre una estrecha lógica etnonacionalista excluyente, o un conservadurismo religioso igual de violento y autoritario. Ambos espectros se tocan y entremezclan, siendo difícil distinguirlos toda vez que se han institucionalizado en el discurso de la soberanía del Estado. Basta observar el supremacismo etnorracial con que se justificó el genocidio en Gaza, o el cada vez más recurrente ascenso de formaciones islamistas homogeneizantes y absolutistas, las cuales son validadas o toleradas por Occidente; tal es el caso de los talibán en Afganistán y ahora el régimen islamista en Siria. Que un régimen como el sirio, integrado por ex-yijadistas provenientes de al-Qaeda, cuente con mayor legitimidad y aceptación frente a un modelo antifascista que defiende la equidad, la democracia y la libertad de la mujer, como es el de Rojava, dice mucho del compás moral con que se conduce la política internacional y la diplomacia en la región. 

En medio de la campaña anti-kurda, el gobierno interino de al-Sharaa anunció el 16 de enero un decreto que, de manera unilateral, “otorga” a los kurdos derechos lingüísticos y culturales. Aunque la medida devuelve la ciudadanía a miles de kurdos registrados como apátridas durante el periodo Ba’ath, ésta no ofrece ninguna concesión política y más parece una estrategia que en otros espacios he definido como (de)seguritizadora (Castillo 2019); es decir, una parte de las demandas kurdas es aceptada como legítima, mientras que, simultáneamente, otra es deslegitimada y usada para definir a un sector como amenaza. Dicha estrategia estaría siendo utilizada ahora para deslegitimar a las autoridades de Rojava, al mismo tiempo que busca crear la ficción de un Estado sirio comprometido con resolver las demandas históricas de los kurdos.

Esto no es algo nuevo en la historia de los kurdos. El decreto recordó las circunstancias que rodearon al acuerdo de autonomía kurda de 1970 en Irak, el cual debió conducir a la instauración de una región autónoma en el Kurdistán irakí (Bashur). En vez de ello, el gobierno irakí se embarcó en un programa de arabización de las zonas kurdas ricas en petróleo, y en decretar, de forma unilateral, una ley de autonomía limitada que llevó al inicio de una guerra genocida contra los kurdos en Irak.

De forma similar, al anuncio del decreto de al Sharaa siguió una campaña relámpago contra las FDS, acompañada de un lenguaje antikurdo en redes y encuadrada como operaciones antiterroristas en contra del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Las demandas kurdas de autogobierno fueron deslegitimadas, acusadas de “separatismo” y la propuesta de un modelo de Estado descentralizado definida como algo ajeno a la tradición política siria. En ese sentido reportó la agencia de noticias oficial del Estado sirio, SANA, las declaraciones de Hama al Mustafa, ministro de información del régimen islamista:

‘Los recientes acontecimientos militares en la zona oriental de Alepo se produjeron en respuesta a las acciones cada vez más agresivas de la organización SDF y la organización terrorista PKK’... [al Mustafa] Calificó los llamamientos a la ‘separación y el federalismo’ como una ‘moda pasajera’... señalando que tales nociones carecen de fundamento en la doctrina política de los sectores sociales de Siria. (SANA 2026).

La designación de las FDS como “terroristas” y la definición de sus reclamos como “separatistas” y “ajenos” genera un discurso seguritizador que equipara a los kurdos con una población intrusa. El lenguaje es parte de una narrativa histórica colonial que ha definido a los kurdos como extranjeros (ajanib), infiltrados y una permanente amenaza al carácter “árabe” de la nación siria. Esta retórica está bien sedimentada en el nacionalismo sirio y se remonta al proceso de formación de la frontera turco-siria (Castillo 2024). En la etapa del mandato, los nacionalistas sirios de Damasco calificaron a la región de mayoría kurda de Jazira como una zona “periférica” y leal al poder mandatario, mientras que los refugiados kurdos ahí asentados fueron comparados con “parásitos” (ufaylı) infiltrados a través de las incontrolables fronteras (Altuğ 2020: 54). Posteriormente, el nacionalismo pan-arabista definió a los kurdos como extranjeros que pasaron a formar parte de los llamados shu‘ubiyyun; es decir, “personas que se niegan a ser arabizadas” (Tejel 2009: 41) y, en consecuencia, desechables. Tal estigmatización se institucionalizó durante el régimen Ba’ath con medidas que pretendieron “salvar el arabismo en la Jazira” (Ibid: 61). En ese contexto se inscriben acciones como el censo en la provincia de Hasaka de 1962, que privó a miles de kurdos de ciudadanía, o el plan de creación de un “cinturón” de población árabe a lo largo de la frontera turco-siria.  

A dicha práctica discursiva se suma ahora una etiqueta nueva que asocia a los kurdos con apostasía o herejía. El ministro de Asuntos Religiosos de Siria, Mohammad Abu al-Khair Shukri, emitió una directiva religiosa que instó a las mezquitas a celebrar como “conquistas y victorias” la captura de territorios controlados por las FDS. En una carta fechada el 18 de enero, el ministro pidió rezar por el “éxito de los soldados del Ejército Árabe Sirio,” citando una sura (capítulo) del Corán llamada Al-Anfal (Rudaw 2026). La referencia a Anfal tiene una profunda impronta histórica para los kurdos. La sura fue utilizada en 1988 para nombrar la campaña militar que emprendió el ejército irakí en el Kurdistán, la cual derivó en un genocidio del pueblo kurdo en Irak.

Nacionalismo e islamismo se conjuntan ahora en Siria no solo para deslegitimar a los kurdos, sino justificar su conquista como algo moralmente valido, en nombre de una supuesta unificación nacional. En un contexto de profunda violencia etnorreligiosa, este tipo de lenguaje deshumaniza al adversario y allana el camino para su aniquilamiento. Las masacres de las poblaciones alauitas en marzo y julio del año pasado siguieron el mismo patrón que se observa ahora en Rojava. Los kurdos solo cuentan ahora con la movilización popular y la denuncia internacional para evitar que algo así suceda. 

*Juan Carlos Castillo Quiñones es investigador posdoctoral en la UNAM y miembro de GESE 

Obra citada:

Altuğ, Seda. “The Turkish-Syrian Border and Politics of Difference in Turkey and Syria (1921–1939),” in Syria: Borders, Boundaries, and the State. Mobility & Politics, ed. Matthieu Cimino, 47–75. Cham, Switzerland: Palgrave Macmillan, 2020.

Castillo Quiñones. “Borderlands, Self-Rule Movements and State-Society Relations in Chiapas and Northern Syria from a Historical Perspective” Kurdish Studies Journal 2 (2024): 33–61.

Castillo Quiñones. “La (de)seguritización del Gobierno Regional del Kurdistán. El movimiento kurdo en Iraq desde 1991,” Revista de Estudios Internacionales Mediterráneos 27 (2019): 46-63.

Rudaw. “Syrian endowments minister cites ‘Anfal’ in directive amid clashes with Kurds”. 19.01.2026. Acceso en línea: Syrian endowments minister cites ‘Anfal’ in... | Rudaw.net

SANA. “Al-Mustafa: Syria’s unity is irreversible, military action responds to SDF escalation.” 18.01.2026. Acceso en linea: Al-Mustafa: Syria’s unity is irreversible, military action responds to SDF escalation

Tejel, Jordi. Syria’s Kurds. History, Politics and Society. New York: Routledge, 2009.

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